La última vez que visité el pueblo noté que había cambiado su olor.
Puede parecer una tontería, pero cuando llegué a la estación y recogí la maleta, miré varias veces el letrero de las taquillas donde se anunciaba el nombre de la población, como si necesitara cerciorarme de que realmente estaba en mi destino.
Solo percibía ese olor neutro de los pueblos de paso. Un olor que huele a todo y a nada, a algo permanentemente provisional. Como si la esencia de ese lugar se hubiese diluido en el tiempo, como si las calles, las casas y los campos hubieran perdido su identidad, y con ello, yo perdía la mía también.
Solo percibía ese olor neutro de los pueblos de paso. Un olor que huele a todo y a nada, a algo permanentemente provisional. Como si la esencia de ese lugar se hubiese diluido en el tiempo, como si las calles, las casas y los campos hubieran perdido su identidad, y con ello, yo perdía la mía también.
