“Las historias nos buscan, pero somos nosotros los que les damos corporeidad y las ordenamos. Algunas habitan en miles de palabras que, hilvanadas, producen una narración. Otras precisan de muy pocas, pero poseen la misma fuerza.”

Santiago García Navarro

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Vidas



Prudencio llevaba trabajando allí veinticuatro años, seis meses y dieciocho días de los cuarenta y un años, ocho meses y tres días que tenía de edad.

La angustia que sentía cada amanecer era un recordatorio de por qué nunca debió haber escuchado a su padre:

—Aprende bien el oficio y no te faltará el trabajo —le repetía.

Él obedecía, como siempre había hecho, acumulando años de silencio, de renuncias y de rencor invisible. 

—Mira lo que eres capaz de dominar con manos, Prudencio: la muerte.

El taller, un espacio frío y lleno de olores metálicos y químicos, se convirtió en su prisión silenciosa. Entre algodones, bisturíes, pinzas y disolventes, Prudencio pasaba las horas transformando lo que alguna vez respiró, se movió y sintió, en meras esculturas inmóviles, condenadas a una eternidad sin sentido.

—Soy un escultor de cadáveres 

Cada mañana convivía con la misma sensación de que los animales, los que alguna vez respiraron, le preguntaban desde su silencio:

—¿Por qué nos haces esto, Prudencio?

Cada animal que tocaba le dejaba una cicatriz invisible: el rugido apagado de un leopardo, la mirada helada de un tigre, el ligero temblor de una paloma; todos eran ecos que se le clavaban en la conciencia. Sus manos, expertas y precisas, parecían traicioneras. Construía con cuidado, pero cada movimiento, cada corte, cada gesto era un recordatorio de que la vida que alguna vez fue ya no existía. 

Y mientras sus colegas hablaban de técnicas, de exposiciones y de la importancia del detalle, Prudencio se sentía un prestidigitador trágico que escuchaba un murmullo en su cabeza: “¿por qué sigues aquí?”

Aquella mañana, sin embargo, la voz interior no se limitó a susurrar. Le gritó.

Se levantó antes del amanecer, como tantas veces, y miró las vitrinas llenas de cuerpos que alguna vez tuvieron alma. Por primera vez, no vio arte, no vio ciencia, no vio oficio. Solo vio una cadena interminable de vidas que él mismo había detenido. Y entonces, algo dentro de él se quebró de manera definitiva.

Prudencio abrió el armario donde guardaba los disolventes más fuertes. Sus manos temblaban, pero no de miedo: por fin sentía claridad. Uno a uno, recorrió los rincones del taller, vertiendo líquido sobre cada vitrina, cada mesa, cada superficie. No había odio ni rabia. Solo una especie de justicia silenciosa. Aquellos animales merecían más que una eternidad inmóvil; merecían al menos que alguien recordara lo que habían sido.

Prendió una cerilla y la dejó caer. Al contacto con el líquido, el taller estalló en llamas. Primero fue un siseo, luego un rugido, finalmente un crujido que pareció partir el universo.

Las llamas danzaban como animales libres, liberando rugidos, batir de alas y ronroneos que solo él podía oír. Mientras el humo lo envolvía, Prudencio caminaba entre el calor, entre el fuego que destruía décadas de trabajo, y sintió una extraña ligereza. Por primera vez en veinticuatro años, no sentía culpa ni miedo. Solo un alivio que le recordaba la libertad.

Cuando los bomberos llegaron, encontraron solo humo, cenizas y el aroma ácido de los químicos. Nadie comprendió lo que había sucedido. 

Prudencio también desapareció. Algunos decían que se había perdido entre la niebla del amanecer; otros, que nunca existió, que era solo un fantasma condenado a vivir entre animales que ya no podían hablar. Pero su historia no terminó allí.

Con el paso de los días, la ciudad empezó a notar fenómenos extraños. Comenzaron a aparecer figuras misteriosas, animales que parecían vivos, pero distintos, como si fueran fragmentos de un recuerdo: un leopardo con ojos que reflejaban melancolía, un tigre que parecía buscar a alguien entre las calles vacías, una paloma que revoloteaba sobre los tejados, llevando en su vuelo una serenidad que nadie podía explicar, un toro paseando por un callejón, un ciervo recostado junto a una fuente o unas ardillas que parecían entender los secretos de quienes las miraban.

—Son animales de fuego —susurraba la gente. Algunos incluso afirmaban que podían escuchar un murmullo lejano.

Unos dicen que Prudencio camina entre los bosques, hablando con los ecos del viento y las voces que los humanos jamás entendieron. Otros aseguran que se fundió con las llamas, convertido en un murmullo que solo los que saben escuchar pueden percibir. Pero todos los que vieron los animales imposibles sintieron un estremecimiento.

© Texto e imágenes. Sgn. 2025


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