Cuando yo era pequeño me gustaba sacar la lengua desde la ventanilla de atrás del coche de mi padre.
Me resultaba muy divertido, sobre todo en las paradas de los semáforos, mirar a los coches que se ponían a mi lado, yo siempre viajaba en el lado derecho, y cuando llegábamos al semáforo, sacaba la lengua. Abría mucho la boca para que mi gesto fuera más provocador aún. Notaba como mis labios se tensaban, mi boca alcanzaba su máxima apertura y las comisuras estaban a punto de estallar.
Era un gesto que duraba muy poco tiempo, apenas segundos, pero que a mí me resultaba de lo más obsceno. Pensaba que era un niño muy malo que traspasaba todas las reglas. Era un caso perdido.
