Estoy sentada en una incómoda banqueta frente a la caja.
El mar, siempre presente, parece burlarse de mí con su sonido constante. Lo oigo sin esfuerzo, como si el viento, que no ha dejado de soplar desde esta mañana, me lo susurrara al oído. Pero no es el mar lo que me inquieta, sino esa sensación de que el tiempo hoy ha decidido que no se mueve. Las agujas del reloj están detenidas, tomándose un descanso, dejándome atrapada en este eterno instante de espera.
Miro hacia el contador: dos personas han parado aquí desde que empecé el turno.
Dos.
Es todo lo que ha pasado en este rincón olvidado de la carretera.
