Ana no respira.
Hay un gran tumulto a la salida del puerto. Gritos, carreras, órdenes. El impacto contra el malecón ha convertido la barca en un amasijo de maderas y astillas. Se oyen sirenas de fondo y la tormenta estalla. La lluvia hace que los curiosos busquen refugio.
Ana permanece tumbada.
El agua que sigue cayendo copiosamente barniza las piedras del puerto dotándolas de un falso brillo.
Mario no se ha movido de su lado. Tiene un golpe en la cabeza, está empapado, pero sonríe. El brillo de las piedras también ilumina la sangre de su rostro. Ana abre los ojos. También sonríe.
