El primero fue un escritor, un hombre con una mirada profunda, pero siempre con una especie de tristeza latente. Como si hubiera visto demasiadas historias desvanecerse y, a pesar de todo, no pudiera dejar de escribirlas. Tenía la mano firme, decidida. Yo era su compañero inseparable, como una extensión de su alma. Cada palabra que escribía se traducía en una marca en mí, una marca de propósito, de vida. Yo le ayudaba a expresar sus pensamientos, sus deseos, sus miedos. Y, en cierto modo, podía sentir sus emociones, reflejadas en cada trazo.
Las primeras veces fueron intensas.
