“Las historias nos buscan, pero somos nosotros los que les damos corporeidad y las ordenamos. Algunas habitan en miles de palabras que, hilvanadas, producen una narración. Otras precisan de muy pocas, pero poseen la misma fuerza.”

Santiago García Navarro

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Vidas



Prudencio llevaba trabajando allí veinticuatro años, seis meses y dieciocho días de los cuarenta y un años, ocho meses y tres días que tenía de edad.

La angustia que sentía cada amanecer era un recordatorio de por qué nunca debió haber escuchado a su padre:

—Aprende bien el oficio y no te faltará el trabajo —le repetía.

Él obedecía, como siempre había hecho, acumulando años de silencio, de renuncias y de rencor invisible. 

—Mira lo que eres capaz de dominar con manos, Prudencio: la muerte.

El taller, un espacio frío y lleno de olores metálicos y químicos, se convirtió en su prisión silenciosa. Entre algodones, bisturíes, pinzas y disolventes, Prudencio pasaba las horas transformando lo que alguna vez respiró, se movió y sintió, en meras esculturas inmóviles, condenadas a una eternidad sin sentido.