Prudencio llevaba trabajando allí veinticuatro años, seis meses y dieciocho días de los cuarenta y un años, ocho meses y tres días que tenía de edad.
La angustia que sentía cada amanecer era un recordatorio de por qué nunca debió haber escuchado a su padre:
—Aprende bien el oficio y no te faltará el trabajo —le repetía.
Él obedecía, como siempre había hecho, acumulando años de silencio, de renuncias y de rencor invisible.
—Mira lo que eres capaz de dominar con manos, Prudencio: la muerte.
El taller, un espacio frío y lleno de olores metálicos y químicos, se convirtió en su prisión silenciosa. Entre algodones, bisturíes, pinzas y disolventes, Prudencio pasaba las horas transformando lo que alguna vez respiró, se movió y sintió, en meras esculturas inmóviles, condenadas a una eternidad sin sentido.
